Aquellas Semanas Santas

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El viernes la gran nave de la iglesia permanecía silenciosa, las imágenes y los santos cubiertos de pies a cabeza con lienzos morados acentuaban el aire tétrico del socavón repartido sólo por las enormes columnas de cantera que se elevaban hasta el techo, a la travazón de arcos y muros en las alturas; sólo una o dos mujeres contritas y concentradas, la cabeza baja y cubierta, deslizaban entre sus manos los rosarios. Al fondo, en el altar, separado por una blanca valla ornamental de madera, dos guardias armados (con rifles verdaderos) permanecían de espaldas custodiando la urna sagrada. Los del pueblo los llamaban con respeto los "santos varones", varias parejas de jóvenes hombres que durante el año habían sido cuidadosamente seleccionados para cumplir con la importante tarea de vigilar la representación del sepulcro hasta el momento de la resurrección. Se trataba de jóvenes capaces de permanecer impertérritos durante varias horas hasta su relevo por otro par de guardianes y así cubrir todas las horas hasta el milagroso momento.
   Daba temor verlos inmóviles, con los rifles en los brazos y cubiertos de largas y albas túnicas que los cubrían hasta los pies; pero eso no era todo, sus caras también cubiertas con una tela finamente bordada, recamada, a través de la cual los niños que éramos entonces alcanzábamos a ver sólo la oscuridad de los ojos, sin poder identificar al silencioso e inmóvil guardia. Cuando podíamos, a la menor oportunidad, nos escurríamos por entre las bancas y nos acercábamos a esos guardianes para intimidarnos más porque sabíamos que estaban ahí para cuidar los despojos del Cristo muerto, al que tampoco veíamos, sólo el altar con las velas prendidas día y noche, los santos cubiertos, y los esbirros que se sucedían. ¿Quiénes eran? ¡Quién sabe!, era parte del misterio que rodeaba otros más grandes e incomprensibles, así nos lo habían dicho y repetido durante años los párrocos que por Batuc pasaron.
   Pero la noche anterior había tenido lugar el Santo Entierro, al que la gente de Batuc llamaba "El Paso", una procesión de mujeres, niños y hombres que en silencio y con cirios encendidos acompañaban un cortejo fúnebre decorado con lienzos blancos y flores, transportando al crucificado recién bajado de la cruz. La procesión recorría varias calles y callejones y al final ingresaba a la iglesia donde ya esperaba, ansioso de participar en la conmemoración, el primer par de hombres estoicos y armados. Estos ritos que se sucedían en Semana Santa venían pasando de generación en generación desde hacía más de dos siglos y muchos de ellos se sustentaban con danzas ópatas y representaciones alejadas de la ortodoxia católica. Quizá por eso, en esos días, él último evento que realizaba el sacerdote del lugar (yo recuerdo al Pbtro. Ernesto López Yescas) era el llamado Lavatorio de pies, para después celebrar la Santa Cena por la tarde, con chocolate y pan, con doce niños del pueblo a los que previamente sus padres habían restregado sus pies hasta dejarlos libres de mugre para que el sacerdote no se topara con pies roñosos. El Padre ya no volvía a aparecer hasta la celebración de la resurrección de Jesús, dejando hacer a los representantes de una comunidad que repetían, año con año y paso por paso, una recordación de Semana Santa, pagana-cristiana, pero arraigada en su adn.

XXX

   Como todos los años en Semana Santa, durante los primeros días hombres y mujeres jóvenes, conocidos o novios se alborotaban y organizaban paseos y excursiones a los lugares cercanos. Uno de ellos era ir al "Río grande", un punto situado al sur, más abajo de Suaqui, en donde se encontraban el río Yaqui y el Moctezuma, en ese sitio y fechas era una confluencia de corrientes mansas, aguas cristalinas en cuyas orillas se formaban remansos de gran profundidad que ninguno de los lugareños, batucos, tepupas o suaquis, por más buenos nadadores que fueran lograban llegar al plan, pero se decía que en sus fondos lodosos algunos habían vislumbrado amplias y tenebrosas cavernas.
   A ese lugar llegaban y pasaban el día los amigos y parejas para bañarse, comer bocadillos, beber y flirtear, con la despreocupada felicidad de la juventud, no obstante la conseja que corría entre las familias de esos pueblos, según la cual no debía irse en esos días santos al río porque uno podía convertirse en pescado. Los niños y los muy jóvenes en ese tiempo hacíamos caso y escuchábamos atentos los relatos ejemplares de lo que había sucedido a hombres y mujeres que habían desafiado a sus padres bañándose en el río para experimentar después el horror de verse crecer en su cuerpo escamas y aletas.
   Pero, con los más grandes, las cosas eran diferentes. Yo los veía contentos, sonriendo, alborozados, subiendo a los troques y carros pick up de aquellos años cincuenta canastos con comida y bebida, las muchachas con pañoletas o sombreros anchos, mientras los hombres se acomedían a cargar los carros (no faltaba un jinete que merodeaba cercano a los preparativos y en veces los acompañaba hasta la salida del pueblo).

XXX

Mi padre, Arnulfo, iba una o dos veces al año con algunos amigos, buenos para nadar y resistentes como él, al Río Grande a pescar con dinamita (ignoro si en esos años las prohibiciones del Estado en materia de explosivos llegaban hasta esos municipios tan alejados), pero recuerdo que en algunas casas sus dueños conservaban a buen recaudo cartuchos de dinamita, "para lo que se ofreciera". Así, este tipo de pescadores primero localizaban el remanso más prometedor y luego mi padre preparaba las cargas y las lanzaban a las profundidades. Al estallido y la columna de agua que se levantaba, ellos se tiraban porque comenzaban a flotar las pancitas blancas de los pescados muertos que los nadadores tomaban de las agallas y los jondeaban a la orilla; algunos peces a los que conocíamos como "bagres" se movían con dificultad, pero no era fácil capturarlos porque resbalaban entre las manos y el nadador tenía que decidir si mantenerse a flote o dejar escapar la presa.
  Recuerdo que varias veces mi padre había dicho a los jóvenes que se preparaban para ir al Río Grande que lo invitaran para la seguridad de ellos, porque aquellas aguas eran peligrosas y traicioneras, con sus corrientes internas y la aparente quietud de su superficie. Pero los jóvenes rara vez saben escuchar y prefieren estar lejos de una persona mayor que los vigile.
   Así llegó el año del 56 y un grupo de jóvenes se fueron al Río Grande, acompañados de dos invitados procedentes de Hermosillo. A las pocas horas los carros regresaron con la triste noticia de que uno de los visitantes hermosillenses se había ahogado en uno de los remansos del Río Grande y ninguno de ellos, que eran varios, pudo hacer algo por el desdichado que pedía ayuda. No estaban preparados o el temor los paralizó.
   Nunca en otra Semana Santa habíamos visto tanto movimiento en Batuc y en cada casa era el tema. Llegaron desde Hermosillo los bomberos y su cuerpo de rescate, con buzos profesionales cuyos equipos despertaron admiración entre los batuqueños  porque nunca en la vida los habían visto. Esos hombres rastrearon el lecho del río y sus remansos hasta que encontraron el cuerpo del infortunado joven  --decían que el ahogado pertenecía al cuerpo de rescate y que quienes llegaron eran sus compañeros--  en una de las oscuras covachas, sin ojos e irreconocible por las mordeduras de los animales del fondo.
   Nunca supimos cómo el presidente municipal de Batuc sobrellevó, en aquel tiempo, tan fatal momento. Muy pocos batuqueños vieron el cadáver que luego colocaron en un contenedor sellado y lo transportaron a Hermosillo.
   Mi padre Arnulfo se dolió durante mucho tiempo no haber sido invitado a acompañarlos, decía que a él no se le hubiera ahogado ese jovencito. Y quizá hubiera sido otra la historia porque era un nadador experimentado y sabía auxiliar en esos transes. 

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