Mensaje sobre la muerte de nuestra amiga Raquel Padilla Ramos

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Iglesia de Santa María Guadalupe, Frailes Franciscanos Capuchinos, López Mateo y Cananea, Yécora, Sonora 85780



Vicaría de Pastoral Indígena de la Diócesis de Ciudad Obregón


Estimada familia de Raquel Padilla Ramos
Antropólogo José Luis Perea González, miembras y miembros del Centro INAH Sonora
Amigas y amigos de corazón,
 
 


¡Paz y bien de Jesús! La trágica y verdaderamente horrenda muerte de nuestra amiga y compañera Raquel Padilla Ramos ha conmovido el corazón de todo nuestro pueblo mexicano, un corazón ya bastante herido y golpeado por la terrible violencia que está devastando a nuestro país. La última vez que tuve el gozo de encontrarme con Raquel fue en la presentación del nuevo libro de Alejandro Aguilar Zeleny, La Ramada de Babel, el 30 de octubre. Con la sonrisa y entusiasmo que siempre le acompañaba, ella saludó a las varias mujeres pimas que estuvieron presentes y yo me quedé platicando un momento con ella. Le invité al inicio de nuestra Peregrinación por la Paz con todos los pueblos originarios de Sonora, planeada para el viernes, 8 de noviembre. No podría imaginar que para entonces ya habría pasado este acto bárbaro y criminal.     
 
 
 
En la víspera de nuestra Peregrinación, yo estaba trabajando con Roberto Ramírez Méndez y varias mujeres pimas en nuestra iglesia antigua de San Francisco de Borja de Maycoba, limpiando, pintando y reorganizando el altar, las artesanías y las piezas arqueológicas. A las cuatro de la tarde, nuestra conversación fue sobre Raquel, sobre la gran labor que estaba llevando a cabo, su pasión y amor particularmente para la tribu yoreme yaqui y sobre su último libro sobre la deportación de los yaquis. En este mismo momento, no teníamos la menor idea que ella ya estaba muriendo: la navaja que pasó por su cuerpo pasando a la vez por el corazón de todos nosotros, como los siete dolores de la Virgen Dolorosa en la pasión de su hijo Jesús. 
 
 

En nuestra Santa Misa del inicio de la Peregrinación por la paz celebrada en Vicam Pueblo el viernes, 8 de noviembre, muchísima gente estaba llorando por ella. Unida con Santa Kateri Tekakwitha, la primera mujer indígena canonizada que también vivió un momento histórico de terrible violencia, ofrecimos la Santa Misa especialmente para ella, para todos ustedes y por la paz auténtica y duradera para todo nuestro país, una paz que implica una lucha continua por la justicia vivida en la compasión y el amor sacrificial.
 
 
Para mí, la sangre de Raquel derramada sobre nuestra sagrada tierra sonorense grita en agonía por la paz. Su muerte me mueve aún más a dedicarme a sembrar esta paz en unión con todos ustedes, con los medios mas eficaces a que cada quien pueda contribuir desde su conocimiento, su sabiduría y su experiencia de la vida. En este contexto de una decisión renovada de dedicarnos con todo nuestro ser a realmente construir continuamente la paz, comparto unas líneas del documento eclesial de Vaticano II, Gaudium et spes, cuya filosofía central es que "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo" (#1). Así es como se define en este escrito la naturaleza de la paz y la obra de conseguirla:
 
 
 

La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está sometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.
 

Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
 

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
 

Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
 

Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.
 

En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4). (#78)
 

Con esta carta doy gracias a Dios Padre por el don de la vida de Raquel, por la nobleza de toda su familia y la grandeza de todos, mujeres y hombres, los miembros del Centro INAH Sonora. Ella nos ha dejado una inmensa herencia a todos, un ejemplo para seguir y una jornada para continuar sobre el pasado, el presente y el futuro tanto de nuestra tribu yoreme yaqui como también de toda nuestra patria y de toda nuestra humanidad. Lloramos mucho por ella. Lloramos como rezamos en la oración tradicional terminado el Rosario, el Salva Regina, "en este valle de lágrimas". Pero nuestras lágrimas, que caen también al suelo sonorense junto con las gotas de sangre de Raquel, están regando para un mundo mejor, un pueblo mas sano y un México mas libre. A eso se dedicó nuestra querida y estimada amiga Raquel. Ella siempre será nuestra maestra, líder, y compañera en el trabajo que nos urge continuar. ¡Que Dios Padre les bendiga con Su sabiduría y fortaleza en abundancia y que la Virgen de Loreto nos guarde en su corazón maternal!.
 
 

En Jesús y Santa María de Guadalupe,
 
 
 
Padre David Joseph Beaumont Pfeifer, OFM, Cap.
Vicario Episcopal de los pueblos originarios 
de la Diócesis de Ciudad Obregón 

 
 
 

Gracias Padre David por tan emotivas palabras para todos los que aun nos sentimos conmovidos por la ausencia de una gran amiga, una gran madre, hermana, hija y sobre todo una extraordinaria mujer... Raquel vivirá por siempre en nuestros corazones de la Tribu Yaqui.

Me llegó al corazón sus palabras, hay que incansablemente predicar el amor de Dios para que como consecuencia prevalezca el amor al prójimo, y como mujeres estamos demasiado expuestas, Raquel fue ejemplo de valentía, mis oraciones por su descanso eterno

Hermoso mensaje de amor y de esperanza.

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