Las profecías de Carlos Fuentes

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Con información de Milenio



La muerte es la condición misma de la vida y esto los mexicanos lo sabemos particularmente bien


En septiembre de 2006, Carlos Fuentes decía que estábamos viviendo una época de transición que comparaba con el Renacimiento. Aquel mediodía, mientras bebíamos una copa de martini en un bar de Madrid, me expuso un panorama que hoy pone los pelos de punta por la exactitud de su revelación: "Creo que vamos hacia algo como el siglo XIII": la peste, la muerte negra y quizá después un renacimiento. Es una visión apocalíptica, pero todo indica que las cosas andan muy mal. Y todas las instituciones están en crisis y en una transformación muy veloz, imprevisible y quizá indomable, que va a presentar desafíos tremendos en los próximos 50 años".
 
 
La sorprendente actualidad de su pensamiento señala problemas, conflictos y hechos que Carlos Fuentes (1928-2012) supo apreciar y anticipar con claridad y que están presentes en su literatura, ese espacio donde "todo sucede hoy porque el pasado es la memoria hoy y el futuro es deseo hoy". 
 
Durante los últimos 20 años de su vida recorrí con Fuentes la tierra de ficciones que había creado y cuyos polos, decía, eran el lenguaje y la imaginación, un vasto mundo intelectual y literario del que me expuso cuáles habían sido las razones, convicciones, sentimientos, inquietudes, tentativas, inspiraciones, dudas e ideas que lo marcaban.
 
 
Los fragmentos que siguen forman parte del libro La escritura infinita. Conversaciones con Carlos Fuentes, que acaba de publicar la Universidad Autónoma de Nuevo León y que quiere ser un homenaje a la generosidad de un hombre que no escatimó voluntad, acción y creatividad para animar a sus lectores a seguir y perseguir su propia vocación e inquietudes intelectuales. 
 

La pulsión literaria
Una vez le preguntaron a Alfonso Reyes cuáles eran las influencias sobre Juan Rulfo y Juan José Arreola, en aquel momento escritores jóvenes que acababan de aparecer, y dijo: "Dos mil años de literatura". Pudo haber dicho cinco mil; pudo haber dicho toda la edad, desde la reacción del cosmos y posiblemente desde que el primer hombre habló. Todos somos portadores de un pasado enorme, algunos más conscientes que otros; pero el hecho es que sin la tradición no habría creación nueva y depende de cada escritor saber qué tan vasta es esa tradición, hasta dónde quisiera que lo alcanzara a él o a ella. Hacer presente esa tradición en el momento de escribir le corresponde a cada escritor, decidir cuáles son los nódulos de ese tiempo de la creación en la obra de cada uno. A veces tiene que ser muy amplia, a veces quisiera uno que fuese tan inmediata como el titular de un periódico de ayer. ¿Se pueden separar una de la otra? No lo creo. En realidad, creo que todo ocurre hoy finalmente. Hay un momento en el que William Faulkner dice: "El presente empezó hace diez mil años; todo se da cita en el presente". A mí no me importa tanto un pasado de archivo como un pasado que se actualiza hoy en la memoria.
 
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La región más transparente fue la primera novela plenamente urbana que se hizo en México, aunque están las obras de Martín Luis Guzmán o de Mariano Azuela, porque nadie había tomado a la ciudad misma como protagonista, una ciudad que no existía antes. Antes de los años cuarenta y principios de los cincuenta, esa Ciudad de México que yo describo no existía. Yo la viví, era una ciudad mucho más pequeña, más provinciana, que recibió el aluvión de la Segunda Guerra Mundial y todo lo que trajo a México, su respuesta a eso y el proceso de industrialización. De manera que es un momento muy turbulento de la vida en que la ciudad se forma, se deforma, se descubre y se ignora al mismo tiempo. Había tantos niveles que era un desafío extraordinario vivir eso y luego escribirlo. Y el resultado es una novela que viví mucho en mi juventud. A ella sigue una especie de tránsito melancólico que es Agua quemada, un homenaje a Alfonso Reyes, como lo fue La región más transparente, pero a su visión desencantada. Cristóbal Nonato es una ciudad no solo posmoderna, sino post todo. Es una ciudad descompuesta, deshecha, quebrada, podrida y profética. En cierto modo uno quiere ser una buena persona y dice: profetizó para exorcizar. Y no: este fue un exorcismo para profetizar, porque finalmente mucho de lo que digo ahí, en el año 82, por desgracia, se ha cumplido: la corrupción del ambiente, una presidencia del Partido Acción Nacional, que era inconcebible, y muchos otros vicios y desplomes que se han acentuado hasta convertirla en una ciudad maravillosamente invivible.
 
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La novela del siglo XX formó parte de la vanguardia artística. Y la vanguardia ha muerto. Ya no la hay. Hay comercio, hay publicidad; todas las formas más audaces de la pintura moderna han entrado al comercio y hoy se encuentran en anuncios. Ya nadie se espanta de juegos con el tiempo en un anuncio para vender medias, condones o lo que sea. Se quiebra el tiempo de una manera más extrema aunque en una novela de Joyce o de Faulkner. De manera que la gente ya está acostumbrada a todos estos experimentos y la novela vuelve, si no al siglo XIX, sí a una especie de espera en el todo vale: valen todos los estilos, valen todas las escuelas, pero detrás de esto hay el hecho de que vanguardia y progreso ya no son sinónimos. Creo que Picasso lo supo y lo dijo siempre; Joyce también: el arte no progresa; el arte se da mediante obras singulares y no forman parte de una corriente general de progreso económico o científico; eso es otra cosa". Sobre la vida y la muerte No podemos vencer al tiempo porque la muerte nos impide hacerlo. Somos libres porque actuamos en el mundo, pero no somos libres porque vamos a morir. Sin embargo, la muerte es la condición misma de la vida y esto los mexicanos lo sabemos particularmente bien. La cultura mexicana de la muerte no separa arte y vida, sino que considera que todo es vida, incluyendo la muerte. Y más aún: que el valor de la vida sería imposible sin el valor de la muerte. Todos descendemos de la muerte; la muerte no nos va a llegar, la muerte nos precede; gracias a ella estamos en el mundo.
 
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La vida se hace de muchos factores encontrados, disímbolos. Hay elementos de felicidad, de infelicidad; a veces la mayor felicidad se encuentra en la infelicidad, en el sentido de qué puede uno mismo al afrontar situaciones extremas o de muerte. Esa es un poco mi situación actual: estoy escribiendo, como siempre he escrito, contra la muerte. Y la muerte para mí ya no es una broma; es algo que yo puedo prever, oigo los pasitos a cada rato. Pero también me afecta la vida de los seres que quiero: mi familia, mis amigos; me hago cargo de eso cada vez más y la única manera que tengo de responder a ello es escribiendo, pero aún más profundamente queriendo a la gente, acercándome a ella y teniendo ese calor que tanta falta nos hace. De manera que hay la paradoja de una felicidad que a veces es alimentada por la infelicidad de la desgracia.
 
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La esencia de la cultura consiste en decirnos que somos en el presente solo porque portamos cuanto hemos sido en el pasado y cuanto deseamos ser en el porvenir. Porque, al cabo, lo que la educación nos enseña, como escritores, como estudiantes, como comunicadores, como funcionarios, como ciudadanos, como hombres y mujeres, es a guiarnos por el deber supremo de mantener, en contra de todas las adversidades, la continuidad de la vida en este planeta. 
 
Deber político y augurios para México Tengo esperanza en la ciudad (de México), no quiero perderla porque es una ciudad que amo demasiado y que siento muy aliada a la posibilidad democrática de México. (…) Es una bella ciudad que tenemos que salvar por todos los medios; no cejar en la imaginación de la ciudad, en la posibilidad de hacerla mejor. Pero eso está aliado a la posibilidad de una vida democrática en México. A medida que se desarrolle una vida democrática en nuestro país, los problemas de la ciudad también se van a ir resolviendo, porque finalmente solo los pueden resolver los habitantes de la ciudad y solo ellos pueden darle la plenitud de los que son en un sistema democrático.
 
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Creo que la Ciudad de México está en ese filo de la navaja, de decir: aquí me muero o aquí renazco. Es una ciudad que todos queremos que renazca, no que se despeñe totalmente en el horror del crimen, la asfixia, la mugre, la pobreza, todo lo que está rodeando como unas manos negras a la Ciudad de México. ¿Hay esperanza en la Ciudad de México? Quiero creerlo.
 
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Mi generación, que incluye a Porfirio Muñoz Ledo, Mario Moya Palencia, Enrique González Pedrero y Víctor Flores Olea, tiene una enorme deuda con Mario de la Cueva, quien nos inculcó el sentido del Derecho como un deber permanente hacia la justicia, de construirla en México. Esto fue para nosotros, sus discípulos, el sinónimo del Derecho. Se estudiaba Derecho para defender la ley y hacer justicia. Eso nos lo metió en el alma.
 
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Hemos dejado atrás, por fortuna, el mandato de Jean-Paul Sartre del escritor comprometido, que llevaba a aberraciones y exigencias muchas veces imposibles de cumplir, y a adhesiones ideológicas muy rígidas. Eso pasó para dar lugar a algo más importante: por un lado, el escritor es libre de escoger su filiación política, su ideología, su actividad ciudadana. O no tenerla. El hecho de que un escritor no tenga una actividad política no me parece, como les hubiese parecido a los sartreanos de los años cincuenta, casi un pecado de lesa humanidad o de leso civismo, porque creo que hay una función fundamental que cumplen todos los buenos escritores: mantener vivo el lenguaje y la imaginación de una sociedad. Cumpliendo eso, se cumple con el máximo deber político y social del escritor.
 
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Debemos ahondar y abundar en las posibilidades de apoyo que la cultura audiovisual puede prestarle a la cultura del libro, y viceversa. Para ello los medios deben crear lectores en vez de ahuyentarlos. Hay que insistir desde el inicio, desde el salón de clases y, si fuese posible, desde el hogar, en someter la imagen audiovisual a la misma crítica a la que siempre han estado sujetas la literatura y las artes plásticas. Hay que enseñarle al espectador a hacerse cargo críticamente de la imagen que recibe, porque vivimos en la aldea global de comunicaciones masivas, adelantos técnicos e interdependencia económica, pero podemos fácilmente alimentar los temores e incluso la rebelión de la aldea local que no se ve reflejada en dichos medios.
 
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Los soles de la mitología mexicana que representan las sucesivas eras del universo están condensados con más conciencia que en ninguna otra época en el siglo XX, por la gran sacudida que fue la Revolución mexicana, la gran revelación de nuestra identidad plural y de las culturas que forman la cultura de México. Pero los soles siempre están en proceso de extinguirse para dar nacimiento a un nuevo sol, y yo espero que en el siglo XXI haya un sexto sol de México que sea el sol de la democracia, de la justicia y del bienestar para nuestros compatriotas. 

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