UN DÍA NOS VEREMOS

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Hermosillo, Sonora




 Al Dr. Gerlash
 
 
El hombre caminaba por la calle desierta mirando las aceras vacías, las esquinas silenciosas por donde antes habían cruzado o esperado multitudes, arriba, recortadas sobre un cielo nublado las luces de los semáforos seguían
proyectándose inútiles e insistentes. Como muchos otros, quizá miles, --nadie lo sabrá nunca--, era uno de tantos condenados a la invisibilidad y al silencio.

 El resto de los ciudales, medicinas, entretenimiento, vestido, accesorios, muebles, aparatos electrónicos, todo almacenado, enviado, cotejado, ordenado, recibido y pagado con solo un click.
 
 
 Cuando comenzó, hubo quienes presentimos algo de falsedad en lo que estaba ocurriendo, pero ya éramos tan ajenos unos de otros que no pudimos desmentir nada. Las primeras medidas difundidas con espectacularidad las adoptamos casi con gusto y hasta por novedad en los primeros tiempos de la pandemia: suspensión inmediata de clases en todas las escuelas, universidades, oficinas de gobierno, empresas y fábricas privadas cuyos productos no fueran prioritarios; lavado de manos constantemente, uso obligado del cubre boca, mascarillas y guantes en lugares públicos, y una medida ofensiva y sencilla en la que nadie, nunca, pensó: la llamaron "sana distancia", una especie de aislamiento voluntario y físico antes de saber si estábamos infectados o si alguna vez podríamos estarlo.
 

 En los primeros meses todavía podíamos salir a comprar el pan a la esquina, ir al bar o al abarrote, por la pensión al banco, sin tener que pararnos sobre una raya en el piso para avanzar cuando el de adelante se mueve, observando reglas mínimas. Luego el gobierno endureció las medidas y clausuraron lo que según ellos no era necesario; algunos supermercados y centros comerciales aceptaban a un solo integrante de la familia para realizar compras, de cada producto un solo artículo. La cerveza, el alcohol medicinal, los antibacteriales y el jabón desaparecieron de los estantes desde los primeros días y comenzó la otra pandemia: la del miedo.
 

 Todos lo teníamos. El miedo dormía con nosotros y nos despertaba. El primer
pensamiento por la mañana era si alguno de los familiares o amigos cercanos a los que no veíamos desde hacía mucho tiempo –sólo sus caras virtuales asomaban en los telefoninnos— habían amanecido bien. Durante el día parecíamos fantasmas de carne y hueso, moviéndonos de un rincón a otro en las casas, intentando ocuparnos de sutilezas en las que antes jamás reparamos, recordando las caritas de los nietos quienes se preguntarían, seguramente, los motivos del inacabable encierro.
 

 A la exasperación extrema había que agregar las noticias propagadas por los
dispositivos inalámbricos, francamente aterradoras: las personas se morían solas, sin ningún familiar junto a ellos, aislados en cámaras de vidrio, intubados, tratando de respirar y ahogándose en un mar de oxígeno a su alrededor. Esas personas morían sin ver a sus seres queridos o quizá desde antes de ser diagnosticados con la enfermedad. Morir en soledad da miedo aunque los filósofos digan que la muerte siempre es solitaria e intransferible.
 
 
 Cuando el gobierno vislumbró que su sistema de salud sería rebasado y expuesto como insuficiente, las medidas para obligar a la población a recluirse en sus casas escalaron hasta llegar a un símil de toque de queda, pero dicho eufemísticamente: compras de comestibles y medicinas y tránsito controlado de vehículos sólo hasta las 18 horas "El Estado protege la salud de la familia".
 

 Después se habló de rangos de edad y de las difíciles decisiones que los médicos debían de tomar a la hora de decidir quién sí y quién no podían ocupar las camas de los hospitales que no paraban de rotar.
 
 
 La pandemia se hizo intermitente y comenzamos a convivir con ella, mejor dicho a vivir amenazados por ella, sin saber nada del mundo exterior salvo lo que llegaba por los aparatos electrónicos. Por las noches los balcones de los edificios se iluminaban y podían verse los diminutos muñecos que deambulaban de una estancia o a la otra y, a veces, asomaban sus cabecitas y sus largos brazos y piernas en las alturas.
 

 Frente a mi edificio, un piso más arriba, desde mi balcón veía por las noches, más o menos a la misma hora, a una mujer joven y flaca que tiraba un tapete sobre el pisito y luego veía como sus piernas enfundadas en mallas negras se elevaban primero juntas y después separadas varias veces. A veces alcanzaba a verle hombros y cabeza como si estuviera sentada y permanecía en esa posición por varios minutos hasta que sus piernas volvían a elevarse pero ahora de frente.
 

Así durante media hora. Recogía el tapete y entraba. Después volvía, se quedaba en la terraza mirando la ciudad o la calle, quizá me veía, a veces fumaba un cigarro y volvía a encerrarse, hasta la noche siguiente.
 

 Fue en ese tiempo, por el segundo año, cuando las autoridades decretaron la Ley de la Invisibilidad y del Silencio. Según esta ordenanza, toda persona de la tercera edad declarada oficialmente contaminada quedaba suspendida indefinidamente y relevada de todos sus deberes y derechos: no más pensión u ocupación alguna, no más ubicación domiciliaria ni cuentas bancarias, ni tarjetas ni posesiones, ni créditos. Con un simple trámite burocrático de las autoridades sanitarias e inquisidoras el historial de una persona mayor era borrado y el individuo dejaba de existir para la vida real. Por mandato judicial el acusado de ser una amenaza pública era declarado invisible y por lo tanto nadie debía hablarle o socorrerlo si no se quería cometer otro delito más grave: quien violara esa disposición se hacía acreedor a una pena mayor.
 

 A eso se le llamó la invisibilidad, la última frontera humana donde no existe el yo, ni el otro, ni los otros. La suspensión total que nos arroja a un limbo de silencio.

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Muy pronto habría de experimentar personalmente los horrores de esa ley. Recuerdo la mañana cuando fui detenido en un retén de inspección sanitaria.
 
Pidieron mis documentos y me pusieron una pistola a pocos centímetros de la
frente para medir mi temperatura. Yo me cubría nariz y boca con un paliacate y me sentía sano y tranquilo. Luego el agente sin revelar la lectura consultó con otro y los dos fueron y hablaron con un tercero. Vinieron y me pidieron los acompañara.
 

Dejé mi auto y lo que había comprado de despensa.


 En una clínica me tomaron muestras de sangre y me examinó un médico
cubierto de pies a cabeza con un traje de plástico que no habló nada y cuando le preguntaba por mi situación respondía con vaguedades. Luego estuve aislado, esperando los resultados hasta el momento en que llegaron por mí y me trasladaron a un complejo de edificios cercano a la antigua procuraduría.
 
 
Ya era noche y no había comido, tenía hambre. Se los hice saber a los agentes que me conducían pero no contestaron.
 

 Me pusieron frente a un hombre con guantes y cubreboca, un desconocido que manoseaba sobre su escritorio una carpeta en la que según él estaban mis
resultados. "Está infectado mi amigo" –se inflaba y bajaba la tela del cubre boca--.
 

 "Y me temo que por su edad es grave, bastante grave". Luego pulsó un botón y entraron dos personas también cubiertas, sólo les miraba –y me miraban ellos— los ojos. Una mujer y un hombre que no se sentaron, permanecieron de pie.
 

 Luego el hombre del escritorio dijo: "Tengo en mis manos una sentencia dictada por el Juez N, en base a los resultados de la autoridad sanitaria del Estado, por el cual se declara como un caso activo y peligroso al ciudadano… por lo tanto y teniendo como testigos a los agentes X1 y X2, por mi conducto se aplicará la solución de invisibilidad y silencio al ciudadano …. hasta por un período de 24 meses". Cúmplase el día… Una vez dicho eso, el hombre pasó las hojas a los dos agentes quienes firmaron al calce.

 Traté de protestar pero fui ignorado.

 A una señal dos agentes embozados, como yo, me indicaron los acompañara y me condujeron fuera, recorrimos un largo pasillo y bajamos varios tramos de
escaleras. Calculé estaríamos casi al nivel de la calle. Entramos a una pequeña
estancia con una mesa y otra puerta al fondo. Uno de los agentes cruzó la estancia y entró para luego salir. Me dijo que en la siguiente habitación había una chaqueta, que entrara y me la pusiera. Y que era todo. Entré y vi en una percha una chaqueta a rayas, un poco larga, hecha de un material plástico y con cinturón.
 

Me la puse y ajusté, luego salí. Pregunté a los agentes si era eso lo que querían pero ninguno respondió. Los dos hicieron como que no me vieron y salieron, dejando la puerta abierta. Los seguí hasta una oficina en la que no pude ingresar.
 

Anduve por el pasillo hasta llegar a otro que me condujo a la entrada principal.
 

Había por lo menos una docena de agentes charlando entre ellos, traté de dirigirme a uno pero se volvió y preguntó algo a otro compañero, parecía que nadie me veía. Poco a poco, tanteando el momento y la oportunidad alcancé la puerta y la traspuse. Quedé solo en la amplia explanada, mirando las calles desiertas y la comba del cielo negro. Sólo la chaqueta brillaba en la oscuridad.

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Dos horas después llegué a mi departamento y lo encontré cerrado y con un aviso sobre la puerta "Clausurado por Invisibilidad y Silencio". Por una celosía ubicada en la parte posterior del edificio pude subir hasta el primer piso, justo hasta la ventana de mi departamento. No me costó gran trabajo abrirla y penetré la oscuridad. Sin pensarlo traté de encender la luz e inmediatamente me arrepentí aunque nada se iluminó. El piso siguió en tinieblas y con un encendedor pude constatar que todo estaba revuelto y había destrozos, libros y revistas por el suelo, en el pequeño salón donde acostumbraba escribir no estaba el ordenador.
 

Encontré algo de comer en el refrigerador y supuse no duraría en buen estado lo poco que quedaba.
 

 Estuve un rato en la semioscuridad de la terraza, mirando hacia el edificio de
enfrente, hacia la calle donde a lo lejos cruzó, a esa hora de la madrugada, una silueta luminosa y hasta entonces pensé que llevaba una chaqueta igual.
 
 Luego supuse que desde el edificio de enfrente o desde la calle cualquiera me podía ver y entré presuroso a la sala donde hice intentos desesperados por quitarme la chaqueta, pero fue imposible. Estaba como pegada a mi ropa y el cinturón no cedía ni un milímetro. Creo que tratando de quitármela de encima, exhausto, quedé dormido en un sillón.

 Los ruidos de la mañana me despertaron y fracasé tratando de hacer un café. No había tampoco gas. El departamento había desaparecido conmigo. El auto quién sabe dónde estaría. Unos pasos que se aproximaban me hicieron
escurrirme hasta el baño, cerca de la ventana por donde había ingresado y estuve un momento escuchando hasta que la puerta se abrió y dos personas estuvieron hablando.
 

 --Todo está igual –dijo una voz--.
 --De cualquier manera que venga el herrero para que selle la puerta.
 --Debe haber ido a buscar un pariente, aunque el jefe dijo que no tenía a nadie –volvió la primera voz--.
 --Quién sabe. Nunca se sabe con los disidentes.
 --Este ya no vuelve a poner ni un whatsapp contra del gobierno –dijo la misma voz del principio.
 

 Luego sonó la puerta al cerrarse y todo volvió a quedar quieto. A lo lejos, allá
abajo, los ruidos de la calle y la mañana.
 
Todo ese día anduve de un lugar a otro y la escasa gente que me encontré no me veía o hacía como que no existía. Uno percibe que los demás lo ven pero la Ley es tan convincente que los vuelve invidentes. La mayoría de los negocios permanecían cerrados y recordé el supermercado, allí podría tomar algo para comer si no había extrema vigilancia pero me equivoqué porque las cámaras registraron mi ingreso y aunque nadie me detuvo cinco minutos más tarde llegaron un par de agentes y sin hablar me ubicaron y me empujaron silenciosamente con sus garrotes rumbo a la salida. Estuve afuera del centro comercial cerca de una hora y nadie se atrevió a mirarme, sólo un niño que se desprendió de su madre me miró a los ojos y en ese momento lo tomaron y se lo llevaron. Esa misma mamá u otra, no recuerdo, cuando salió de la tienda de comestibles y depositó sus compras en el maletero del auto, antes de irse, deliberadamente, sin verme nunca, dejó cuidadosamente sobre la banqueta en una servilleta dos plátanos. Después el auto salió del estacionamiento.
 

 En los meses siguientes aprendí a vivir sin electricidad, gas o verdura fresca.
 
Como cientos de viejos invisibles tuve que llegar a destramar basura para encontrar un pedazo de pan. El hambre hace a uno que se despierte temprano, que burle ciertas cámaras demasiado expuestas o que aprenda a realizar pequeños e insignificantes robos. Pero también me di cuenta que existen personas que ayudan, indirectamente, a los invisibles y a los animales.
 
 
Esas personas dejan comida y agua en lugares visibles. Varias veces he tenido que compartir un emparedado con un perro que acude al mismo lugar donde un desconocido o desconocida depositan el agua y la vianda.
 

 Aunque puedo volver a hurtadillas al que fue mi departamento, durante el verano preferí dormir al aire libre porque la estancia se convirtió en un horno y una botella de agua no es suficiente para mitigar ni la sed ni el calor.
 
Recordaba, como un suceso muy lejano y agradable las noches en el balcón y la chica de enfrente, con su cabello oscuro y recogido, fumando en la baranda. Al ir arribando el otoño y luego el incipiente inverno, el departamento abandonado se convirtió en un refugio invaluable, pero a la chica no la volví a ver. Entraba y salía y eso me salvó de morir, aunque ese tema prácticamente no existe para los invisibles. De hecho siempre estamos en la antesala de la muerte, aunque a nadie importe.
 

 El asunto está así: cualquier persona puede matar a un invisible sin que constituya un delito, sea por un accidente de tránsito involuntario o porque nomás se le ocurrió a alguien atropellar con su auto a un invisible. Eso sin contar los que mueren por cualquier enfermedad o en invierno mueren de hambre o de frío.
 

 De alguna manera esta chaqueta que yo mismo me puse y cerré puede estar monitoreada y es posible sepan y hasta permitan quedarme en mi antiguo departamento. No soy ingenuo pero podríamos ser tantos que ni siquiera intentan tenernos a todos localizados y, menos, al mismo tiempo.
 

 Una vez vi, vimos, como un auto embistió a un invisible, poco más viejo que yo, quien trataba de alcanzar el camellón central de un céntrico boulevard. El impacto lo proyectó varios metros y hacia el centro de la rúa, de inmediato le pasaron varios autos por encima, sólo hasta entonces algunos conductores comenzaron a esquivar el charco de sangre y trapos sobre el asfalto. Quedé petrificado por el espanto y al ver a mi alrededor me di cuenta que había varios portando la misma chaqueta a rayas fluorescentes que yo, estaban próximos y perfectamente identificables en el atardecer en el que comenzaban a encenderse las luminarias artificiales.
 

 Grité a un invisible para que me ayudara a retirar la mancha oscura y con parcelas brillantes del pavimento, pero hizo como que no escuchó y se retiró medroso entre unas palmeras. Arriesgando a ser embestido por otro auto, en medio de un espacio sin tránsito generado por los mismos semáforos, corrí al centro del torrente y jalé con fuerza la chaqueta sólo para darme cuenta de su estremecedora levedad ya que lo contenido por ella había sido totalmente triturado. Llevé la chaquetilla y la tendí sobre la banqueta, allá los autos volvían a pasar sobre la mancha oscura. No habían pasado ni cinco minutos del fatal momento cuando llegó una unidad de la Forense, descendieron dos agentes cubiertos con monos de plástico, máscaras y visores, retiraron una camilla y sin percatarse que yo estaba a un lado con las manos todavía manchadas de sangre, tomaron por los extremos la chaquetilla que tenía todavía pedazos de huesos y pelos incrustados, la depositaron con todo cuidado y se la llevaron. Quedé solo sobre la banqueta, impactado, y a lo lejos alcancé a divisar como los trapos brillantes de los otros iban desapareciendo.
 

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--Hábleme –le dije al hombre en un tono enérgico y desesperado--.
 --¿Usted está contaminado y enfermo? –pregunté y al mismo tiempo me respondí--. Porque yo no lo estoy.
 
 
 El hombre regordete no replicó, rehuía mi mirada y trataba de escabullirse entre las pocas personas que a esa hora todavía transitaban por la acera.
 
Faltaba una hora para las seis y todos visibles e invisibles apresuraban el paso en una de las primeras noches de ese nuevo invierno, a esa hora ya oscuro, sólo brillaban con intensidad las chaquetas de nosotros dos.
 

 Llevaba más de seis meses sin hablar con nadie y puede parecer intrascendente pero hablar con otro ser que te de una respuesta significa, llanamente, que existes. Muchas veces en todo ese tiempo me soñé hablando con mis hijos, con mis amigos como solíamos hacerlo en el bar, los sábados por la tarde, bromeando y contando de la política, de literatura y autores, de vacas y ranchos y hasta de filósofos. Nunca de la pandemia que parecíamos ignorar.
 

 El hombre debe de haber visto la cámara que yo no vi, pero en sus ojos se reflejó el terror, un miedo animal y espantoso, rehuía mi mirada, mis labios gesticulantes y desesperados. Silenciosamente forcejeaba conmigo para
deshacerse de mi y emprender la carrera.

 --¡Háblame! –le urgí de nuevo.
 --¡Nadie sabrá que al menos me saludaste!
 El hombre trataba de liberar su chaqueta de mi mano cuando sentí un garrote en el brazo, luego me tumbaron y me golpearon. A punto de perder el sentido alcancé a oír: "Este todavía no sabe que hablar con otro invisible puede costarle el trajecito". "Al otro sólo le faltan tres días para cumplir su condena".
 
"Vámonos, ya me cansé de patear el aire".
 

 No se cómo pude llegar a mi espelunca. Una semana estuve convaleciente. Tenía moretones por todo el cuerpo, todo me dolía pero no podía ver mi tórax.

Podía ser una costilla rota. Traté de que un médico al que había conocido antes de la pandemia me ayudara, pero fue inútil. JC me miró desde la reja de su casa como diciéndome "no puedo hacer nada" y volvió a entrar. Esperé afuera como media hora y lo vi salir y depositar una bolsa en los contenedores de la basura. Fui allí y encontré entre los desperdicios un poco de carne asada, unos pedazos de pizza y dos pequeñas cajas con tabletas.

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El hombre llegó a la esquina y se quedó en el crucero desierto. Arriba las luces
cambian del rojo al verde, del verde al amarillo, del amarillo al rojo, y de nuevo.
 

Hace mucho que perdió toda esperanza de encontrar alguien con quien hablar y se sueña, en ciertas noches (ya pasó el segundo invierno, sólo tiene que esperar el verano para cumplir con su sentencia y volver a ser un hombre que habla y que  le hablan, que existe) en medio de una pesadilla en la que se ve dentro de un ataúd y sin que nadie lo vea. Le parece, en el sueño, que están todos sus hijos, sus nietos y sus amigos, pero hacen como que no lo ven, es una honra fúnebre para un invisible. Todos ríen, charlan, comen bocadillos y beben como si no estuviera él en una caja, silencioso e invisible.
 
 
 Por encima de todo, el hombre teme morir sin haber hablado o escuchado una palabra dirigida a su persona. No puede descartar que podría morir aislado y solo, terriblemente solo en ese invierno y se revela (muy dentro algo más fuerte que el opone). Pero esa tarde el hombre no sabe lo que el destino le tiene reservado, como hace con algunos que se resisten al río de la mortalidad. Hace poco, luego de cavilar varias semanas, el hombre intuyó una posible venganza y comenzó a escribir, a dejar una constancia de sus vivencias como invisible, en hojas sueltas que después deja en ciertos lugares donde otros, visibles o invisibles, las recogen y tal vez leen. Así fue contando sus experiencias y el falso contexto erigido alrededor de la pandemia y de la cual, a casi cuatro años de padecerla, ya nadie recuerda, pues todos los habitantes de la gran urbe, los ciudadanos sanos y siempre visibles, se han acostumbrado a sus particulares claustros.
 

 Nadie le prohíbe que escriba y cuente. Todavía no han prohibido el lápiz y el papel.

 Cruza el boulevard y toma por un callejón. Va a un lugar donde un alma caritativa deja algo para comer y a veces una botella. Camina entre botes de basura y aguas encharcadas. Piensa que sólo le faltan dos meses. La primavera no tarda en pasar. Todavía hace frío y el cielo a esa hora es un toldo bajo y plomo.
 

Está a la mitad del callejón y alcanza a ver el contenedor donde siempre encuentra algo todavía caliente.
 

 Justo en el momento en que se inclina para recoger el envoltorio, ve un resplandor y una garrita negra y huesuda lo toma de la muñeca: --¡Tú eres mi vecino, el hombre de enfrente!

 --¡No estoy contaminada! ¡Me denunciaron por ayudar a un invisible!
 La reacción inmediata del viejo fue desprenderse de la manita flaca y comenzó a trotar hacia la esquina, hacia la cámara que en alto captaba el callejón. Recordó los ojos redondos y saltones del hombre al que una vez él exigió una palabra, un saludo, lo que fuera y se sintió víctima del mismo pavor, tan cerca del siguiente verano.
 

 Vio a la mujer joven en el piso del balcón elevar lenta y segura una pierna y
luego la otra hasta quedar vertical, el humo de su cigarrillo en la noche y el aire ausente de su cara angulosa.
 

Había dado dos o tres pasos. Luego se detuvo y volvió. Una especie de ira y felicidad se apoderó de el cuando le tendió la mano y la alzó como si fuera sólo la chaqueta fluorescente que empezó a zumbar con un sonido sordo y apagado, pero él no escuchó, sólo la voz de la mujer que hablaba y el contestaba mientras la abrazaba y caminaban juntos hacia la esquina, todavía con el bulto de papel aluminio caliente en la mano.
 

Hermosillo, Sonora, México.
Mayo de 2020.

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